Orígenes, significados y funciones
de lo religioso en las prácticas colectivas de las Madres
de Plaza de Mayo
Guillermo Clarke
Este
trabajo se propone indagar acerca de la presencia de elementos
religiosos en la constitución del discurso y prácticas
colectivas de Madres de Plaza de Mayo.
La centralidad de dicha presencia se manifiesta en las formas
de demandas, interpelaciones, liturgia, rituales, reuniones
en parroquias, ayunos y festividades religiosas; convertidas
en actos militantes. Esta recurrencia a las apelaciones inspiradas
en los sentimientos religiosos, particularmente del cristianismo
católico fue distintivo de las Madres de Plaza de Mayo,
dado que ninguno de los demás organismos de Derechos
Humanos que actuaban en la época utilizaban un visible
tono religioso semejante al de Madres, ni siquiera el Movimiento
Ecuménico por los Derechos Humanos, compuesto completamente
por hombres de fe, apeló a este tono discursivo.
Las fuentes utilizadas para este trabajo son mayoritariamente
contemporáneas a los hechos en cuestión, el seguimiento
policial, el periodismo, la documentación producida por
las Madres y otras organizaciones, como así también
memorias escritas por las protagonistas. Otras como las entrevistas,
y la bibliografía sobre el tema son fuentes elaboradas
con posterioridad. Mi preferencia en concentrarme en las primeras
es deliberada y atiende a la necesidad de comprender el significado
que estos hechos tuvieron en su propio tiempo. Sin duda la resignificación
operada a la postre por vertiginosos cambios, como el fin de
la dictadura, la teoría de los dos demonios, la fractura
del la asociación Madres de Plaza de Mayo, las leyes
de olvido, y las políticas de reparación y memoria
están fuera del alcance de esta etapa de la investigación.
Las
primeras reuniones de las Madres junto a otros grupos de familiares
de detenidos -desaparecidos tuvieron como base operativa iglesias
y parroquias en Buenos Aires, La Plata, Gran Buenos Aires y
en otros puntos del país. No en todos los casos se trataba
de parroquias “seguras” o de sacerdotes tolerantes
con la causa. En ocasiones como fue el caso de la Vicaría
Castrense de la Armada y su iglesia Nuestra Señora de
Stella Maris, sirvió a Monseñor Gracelli para
atender personalmente los casos de las madres que buscaban a
sus hijos, y elaborar así una rica fuente de información
que lejos de ayudar a la causa de las madres nutría a
los servicios de inteligencia del estado terrorista.
La masacre ocurrida en la iglesia de la Santa Cruz el 8 diciembre
-día de la Inmaculada- de 1977, en el marco de una misa
y que derivara en la desaparición de madres y religiosas
gracias a la infiltración de Astíz en las reuniones
parroquiales, aparece para invalidar la seguridad como explicación
suficiente de por qué las reuniones se realizaban principalmente
en iglesias.
Sin duda este era un motivo pero también había
otros: las iglesias son lugares públicos, abiertos, la
presencia femenina era predominante y la policromía social
es mayor que en otros sitios. Un grupo de mujeres que promediaban
los cincuenta años, pero que visiblemente no tenían
todas las mismas edades, que vestían de modos perceptiblemente
diferente de acuerdo a variables económicas y culturales
sólo podían pasar desapercibidas en un grupo parroquial.
¿Era su intención pasar desapercibidas? Cuando
se pregunta por la función de la parroquia como lugar
de reunión aparece en actuales testimonios, esta idea
de camuflarse entre señoras comunes. Indudablemente esta
acción de camuflaje tensionaba con la acción permanente
en sentido contrario: hacerse ver; de la oscuridad y la voz
baja de la parroquia al centro del universo político
de la nación, a pleno sol de las tres de la tarde: a
la Plaza de Mayo.
La iglesia como espacio para llevar a cabo actividades secretas,
puede justificar los primeros momentos de la militancia de Madres,
pero una vez aparecidas en el escenario público y brutalmente
probada la ineficacia de la reunión parroquial como reaseguro,
hay que pensar en otros motivos que llevan a las Madres a las
parroquias, motivos menos obvios que los originales que los
vinculan a la seguridad y el camuflaje. Motivos estratégicos
pero también y sobre todo cuestiones que habría
que indagar en lo subjetivo, social e histórico, al interior
del propio grupo y de la sociedad toda.
A pesar de que las puertas de la Catedral de Buenos Aires estaban
tan cerradas para las madres como las del Ministerio del Interior
o las de la Casa Rosada y las respuestas obtenidas allí
eran violentas, las Madres eligieron en ocasiones la Catedral
tanto para eventos de exposición y denuncia pública
como para actividades secretas, en algunos casos, como el de
la Madre que un jueves durante una marcha de 1977 conoció
en el interior de la Catedral a su nieta recién nacida
en la clandestinidad, demuestra que este era un espacio percibido
de algún modo como seguro . Pero en otras iglesias más
periféricas la actividad de las Madres fue mucho más
intensa y constante, en las menos con cierta tolerancia por
parte de algún sacerdote en otras a pesar del desagrado
manifiesto de los responsables de la parroquia en cuestión.
En la ciudad de La Plata a partir de septiembre de 1979 y a
lo largo de los años 1980 y 1981 los días miércoles
las madres hacían su ronda alrededor del monumento de
la Plaza San Martín y luego marchaban por la diagonal
80 hacia la Iglesia San Ponciano a rezar el rosario, esto último
inquietaba más a los servicios de inteligencia que la
ronda, notaban que alrededor de cuarenta mujeres y en creciente
número se reunían a rezar en San Ponciano pero
luego en el atrio se repartían papeles y acordaban planes
de acción . En este caso no existía ningún
tipo de contacto dentro de la parroquia con algún sacerdote
que facilitara estas actividades, rápidamente las Madres
notaron que cuando su presencia era percibida comenzaba el aseo
de la iglesia con baldazos de agua y corrimiento de bancos.
En los primeros tiempos el recorrido era a la inversa, desde
la Iglesia hacia la Plaza; Adelina de Alaye recuerda haber conocido
a sus compañeras en mayo de 1977, una señora que
la ayudó a redactar la denuncia por la desaparición
de su hijo en la sede de la APDH, le contó que había
otras madres en su misma situación que se reunirían
el siguiente jueves en la iglesia de Santo Domingo, porque habían
sido reprimidas en Plaza de Mayo donde se venían reuniendo
desde hacía unas semanas, también recuerda que
esta señora que la “invitó” a la reunión
a la iglesia era judía y que quien le sugirió
que acudiera a la APDH fue un cura del arzobispado de Buenos
Aires llamado Berg.
La presencia de un fuerte operativo de las fuerzas de seguridad
abortó la segunda reunión a la que acudió
Adelina de Alaye en la Iglesia de Santo Domingo, desde allí
se trasladaron a la Plaza de Retiro donde mantuvieron la reunión
y tomaron la decisión de volver a la Plaza de Mayo.
Antes de la Masacre de la Santa Cruz la tensión seguridad-ocultamiento-exposición
aparecía ya en el debate interno y las estrategias a
seguir.
La resolución de estas tensiones y respuestas frente
al complicado escenario de la represión irá definiendo
el perfil identitario de este grupo y diferenciándolo
de otros organismos similares. El ataque en la Santa Cruz y
el secuestro seguido de desaparición de Azucena Villaflor
de Vincenti, primer líder del grupo Madres aceleró
este proceso constitutivo. Sin duda la finalidad de este secuestro
planificado por Astíz era desactivar al grupo en formación,
demostrar que a pesar de ser madres, de no tener actividad partidaria,
de reunirse en parroquias y en definitiva no ser como sus hijos,
podían correr el mismo destino que ellos, estaban en
riesgo y ponían en riesgo al resto de su familia. Pero
la reacción ante la represión sobre el grupo,
mas allá de los conflictos que generó en cada
una de ellas o la presión familiar derivada, no obtuvo
el resultado esperado por el gobierno militar.
La exposición pública en grandes escenarios, plazas,
solicitadas con nombre y apellido y finalmente el pañuelo
identificatorio, fue el camino elegido por las Madres “activadas”.
En otras tantas miles de madres de desaparecidos “no activadas”
tal vez el temor haya sido una de las causas de la pasividad
y no adhesión al activo grupo de Madres.
La exposición como forma de denuncia pero también
de autoprotección es un elemento que también las
constituye, una vez más estas elecciones aparecen más
como estrategias instintivas que por diagnósticos demasiado
elaborados de la realidad. Respecto a la emblemática
ocupación del espacio de la Plaza de Mayo, María
Adela Gard de Antokoletz, refiere que su compañera Azucena
Villaflor insistía en 1977 con la necesidad de estar
en la Plaza de Mayo para que Videla se enterase de lo que estaba
ocurriendo.
Este dato permite algunas consideraciones, la primera que en
la constitución y la práctica del grupo, lo inesperado
siempre jugó un papel importante. La decisión
de ocupar la Plaza no surgió de un análisis del
todo acertado de la realidad (¿quién podía
tenerlo?); pero el acierto de sus efectos fue grandioso.
En la idea de que “Videla tenía que saber lo que
pasaba”, es probable que Azucena Villaflor compartiese
una idea muy extendida en el momento consistente en que Videla
representaba el ala más blanda de la dictadura; pero
además, es factible que Azucena observara la compleja
realidad de su presente desde la mirada posible para su generación,
educada en la valoración de las instituciones tradicionales
más allá de la temporalidad de los hombres. Esta
concepción aparece aún hoy en el relato de Madres,
que han militado más de treinta años, recuerdan
la perplejidad frente a la evidencia de que el Estado actuara
fuera de la ley, y la idea de que la Iglesia fuera su cómplice
tardó más aún en madurar.
En algunos casos la individualidad de una fuerte fe y práctica
religiosa, como una vinculación directa con las FFAA,
hicieron más desgarrador o negador, según el caso,
la toma de conciencia de que las instituciones a las que todas
recurrieron como primer paso no les darían respuesta.
El asombro frente al desaire y la decepción se repetían
y renovaban día a día, haciendo un lento trabajo
de reconfiguración de la realidad y resignificación
de sus experiencias pero tardando años o no logrando
jamás romper con sus creencias originarias.
En diciembre de 1978 al cumplirse el primer aniversario de los
secuestros en la Iglesia Santa Cruz, las Madres gestionaron
una misa en la que se rezara por la suerte de los secuestrados
un año antes (entre ellos dos monjas). La misa se realizó
en la iglesia de San Francisco y asistieron alrededor de mil
quinientas personas, todos esperaban escuchar desde ese lugar,
el púlpito, palabras que las reconfortaran y ampararan.
La Iglesia que había sufrido que le arrancaran desde
dentro de su casa a sus hijos expresaría lo que ellas
sentían. Pero el sermón del sacerdote Jacinto
Nieva consistió en el discurso oficial y publicitario
del gobierno, que culpabilizaba a las familias por no haberse
ocupado antes de sus hijos. El murmullo, el llanto y nuevamente
la sorpresa inundaron el templo, una madre se paró en
medio del sermón, lo interrumpió –“nuestros
hijos no son drogadictos. No estamos aquí para oír
que se nos insulte. Lo que pasa en esta iglesia es un escándalo
y una vergüenza. Vamos salgamos todas, no tenemos nada
que hacer aquí. Este hombre no es un siervo de Dios es
un sirviente de los militares.”
Hurí Questa de Irastorza se refiere consternada a ese
suceso. Hurí es aun una mujer de parroquia, profundamente
católica y esa misa fue su primer contacto con otras
Madres. Treinta años después de ocurrido ese incidente,
se toma la cara con las manos cuando lo recuerda, agrega que
una de las madres escupió al cura – ¡Escupir
a un cura! exclama y por sus ojos vuelven a pasar los sentimientos
de vergüenza, perplejidad e incomprensión.
Verdaderamente Hurí no podía entender porqué
su iglesia no sólo no la socorría sino que la
agredía. Tras el escupitajo todas abandonaron la iglesia
y marcharon a la Plaza de Mayo; para Hurí sería
su primera plaza pero no su última iglesia.
El año 1979 fue un año de marcados avances y retrocesos,
el espacio de Plaza de Mayo fue prácticamente abandonado
después de la represión del último jueves
de 1978, con la detención de varias Madres, la Plaza
quedó cercada por la Policía y el 11 de enero
decidieron replegarse un tiempo para reorganizarse y sumar fuerzas,
el lugar de repliegue serán las iglesias. El horario
permanecerá inamovible los jueves a las 15:30 hs.
Pero también en octubre de 1979 el Papa exhortó
a los Obispos argentinos que “se hicieran eco del angustioso
problema de las personas desaparecidas en esa querida nación,
pues dañan el corazón de muchas familias y parientes”.
Si bien los obispos argentinos hicieron caso omiso del mensaje
papal; este dotó a las Madres de una herramienta discursiva
potente, a partir de allí todos los documentos, petitorios
y solicitadas invocarán esas únicas palabras de
Juan Pablo II. A pesar de que la jerarquía católica
local permaneció impertérrita ante las declaraciones
papales, estas hicieron sentir a las Madres más cerca
de la “verdadera iglesia” y se multiplicaron sus
actividades religiosas. Además estas declaraciones habilitaron
a varios sacerdotes disidentes a abrir las puertas de sus iglesias
a las Madres o a ir más allá como Miguel Hesaine,
Obispo de Viedma quien escribió en diciembre de 1979
a la Conferencia Episcopal : “Sabemos que las FFAA han
torturado y hecho desaparecer a nuestros hermanos e hijos en
la Fe.”
Las Madres considerarán como victorias cada una de las
declaraciones producidas o arrancadas a miembros del clero,
seguras de que su apoyo era indispensable para su causa insistirán
por ese camino.
El repliegue del espacio público de la Plaza de Mayo
en 1979, no impidió avances en otros aspectos, las presiones
internacionales de las que ellas eran impulsoras lograron que
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitara
el país y Madres de Plaza de Mayo se convirtió
ese año en una asociación civil, mediante un trámite
realizado en la ciudad de La Plata en la escribanía de
Emilio Ogando. El acta constitutiva de la asociación
civil “Madres de Plaza de Mayo”, tiene una extensión
poco mayor a una carilla y define el objetivo central del grupo:
saber donde están sus hijos: -¿Puede haber una
súplica más elemental, más correcta, más
humana, más cristiana?- También expresa que: Creyentes
o no, adherimos a los principios de la moral judeo -cristiana.
Rechazamos la injusticia, la opresión, la tortura, el
asesinato, los secuestros, los arrestos sin proceso, las detenciones
seguidas de desapariciones, la persecución por motivos
religiosos, raciales, ideológicos o políticos”.
El contenido del documento es claro y valiente, sin duda el
más valiente en los tiempos que corrían, pero
me detendré aquí en las referencias y apelaciones
de carácter religioso: La súplica es Cristiana
y el concepto está equiparado al de humanidad, pero es
probable que la inclusión del mismo en un documento trascendente
y fundacional haya producido observaciones por algunas de sus
integrantes que “creyentes o no, adherimos a los principios
de la moral judeo-cristiana”, la comisión directiva
que suscribió el documento estaba integrada por algunas
madres pertenecientes a la comunidad judía como Renée
Slotopolsky de Epelbaum. El tono de pluralidad de credos puede
tener inspiración en grupos cercanos a las Madres como
el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos y algunos
testimonios coinciden en señalar la asesoría de
Emilio Mignone en la conformación de la asociación
civil.
Mignone era un intelectual católico, padre de una desaparecida
y marido de Chela una de las Madres del grupo, pertenecía
al Movimiento Ecuménico y más tarde fundó
el CELS, en su casa de la Av. Santa Fe se llevaron a cabo reuniones
decisivas para las Madres en los primeros años.
En cuanto al tono ecuménico del acta fundacional es excepcional,
puesto que en los escritos, solicitadas y discursos producidos
con menos elaboración y mayor urgencia, este tono es
abandonado y reemplazado por otro decididamente cristiano y
directamente católico.
La nominación de Adolfo Pérez Esquivel al Premio
Nobel de la Paz en 1980, pone en evidencia la complejidad que
el tema religioso tiene más allá de la connivencia
de la mayoría de la jerarquía católica
con el terrorismo de estado. Pérez Esquivel era un hombre
de militancia cristiana y su vinculación con los movimientos
de Derechos Humanos fue a través de la Asamblea Permanente
y de la organización que él representaba en Argentina:
el Servicio de Paz y Justicia. Para las Madres era un “asesor
espiritual”, con ellas organizó encuentros como
el seminario “Evangelio y dignidad humana” y es
quien las bautizó Madres Coraje en contraposición
al Madres Locas que los militares preferían. Un grupo
de Madres acompañó a Pérez Esquivel a Europa
a recibir el Premio, su presencia en ese escenario y las palabras
de Pérez Esquivel en relación a los desaparecidos
desde la tribuna del Nobel; significaron para las Madres un
paso más en su lucha por hacer conocer sus demandas y
“hacerse ver” como forma de garantizar su propia
integridad.
Pérez Esquivel fue agasajado, a su retorno, por las Madres
con una misa en una Iglesia del barrio El Dique de Ensenada.
El evento fue organizado por Hebe de Bonafini ya que esta era
la parroquia en la que por esos días su hija Alejandra
cursaba el catecismo y donde seguramente también habían
tomado la comunión sus hijos desaparecidos.
La lucha por conseguir apoyos del extranjero y alguna repercusión
en los medios de comunicación, permitió a las
Madres recuperar paulatinamente y luego en forma definitiva
el espacio de la Plaza de Mayo. El jueves 30 de abril de 1981,
decidieron realizar una ronda significativa en la Plaza por
cumplirse los cuatro años de la existencia del grupo;
la presencia de personalidades locales y extranjeras, que las
Madres habían logrado convocar en sus cuatro años
de trabajo, impidió que el dispositivo policial de represión
actúe como en ocasiones anteriores.
El espacio Plaza fue así recuperado, pero el espacio
templo seguía resultando fundamental
El Ayuno en la catedral de Quilmes.
La complementariedad y tensión, entre la Plaza y la Iglesia,
tendrán sus días decisivos entre el 10 y el 22
de diciembre de 1981. En esas jornadas las Madres llevarán
a cabo dos actividades de espectacular impacto: una ronda de
24 horas alrededor de la Pirámide de Mayo, es decir la
Primera Marcha de la Resistencia e inmediatamente y en forma
sorpresiva el inicio de un ayuno y oración en la Catedral
de Quilmes exigiendo al gobierno alguna respuesta a sus demandas
antes de la Navidad.
El análisis de los sucesos de Quilmes en 1981, aporta
un despliegue de recursos y discursos por parte de la Madres,
reveladores del complejo entramado religioso, cultural y político
que forma parte de su identidad.
En primer lugar el ayuno se había decidido secretamente
y hasta momentos antes de concretarlo sólo lo conocía
la Comisión Directiva de la Asociación. El plan
consistía en que un grupo de Madres se apostara sin aviso
previo en la Catedral de Quilmes y una vez allí llamara
la atención mediante comunicados producidos desde la
misma iglesia a las autoridades locales y extranjeras y a la
prensa. Sin duda lograron también llamar la atención
de los servicios de inteligencia policiales, ya que en los Archivos
de la DIPBA se halla un pormenorizado seguimiento del ayuno
con detallados datos y fuerte preocupación por sus consecuencias.
Si bien la elección de la diócesis de Monseñor
Novak correspondía a cierto compromiso de este Obispo
con la causa de los Derechos Humanos, Novak no fue consultado
ni avisado de esta acción, dado que ante otros intentos
de acciones similares el permiso siempre fue denegado. Esta
forma de acción directa estaba fundada en objetivos bastante
explícitos, presentes en todas las acciones anteriores
de las Madres: hacerse visibles e insoslayables para la Iglesia
y la prensa, dos sectores adversos, pero potencialmente útiles
para lograr que el gobierno y la sociedad prestaran atención
a su demanda: saber dónde estaban sus hijos.
La Primera Marcha de la Resistencia, demuestra la aparición
de nuevas y exitosas performances, pero en el ayuno se combinan
la desafiante actitud y determinación para enfrentar
a los poderes más temibles, como la puesta en práctica
de formas rituales y discursivas inscriptas en sus propias trayectorias.
La huelga de hambre y la oración, no es por tanto sólo
un recurso oportunista para desnudar la fuerte vinculación
entre un estado terrorista declaradamente católico y
una iglesia fuertemente comprometida con éste. Es también
el despliegue de repertorios posibles, creencias y hasta disputas
por espacios como la plaza y la parroquia: el Estado y la Iglesia,
cuya conducción coyuntural no enfrentaba a las madres
sino parcialmente con sus “falsos representantes.”
Adelina
Demati de Alaye, escribió el 26 de diciembre de 1981
su propio registro de los hechos que protagonizó : “Después
de la Jornada de resistencia de 24 hs. (desde las 15:30 del
10/12 hasta las 15:30 del 11/12) en que caminamos permanentemente
y culminamos desfilando por el medio de la Avenida de Mayo,
desde la Plaza hasta la Nueve de Julio, y en que por primera
vez fuimos aplaudidas, acompañadas en nuestros gritos
de libertad por todos y saludadas por las bocinas de los tacheros;
los milicos creían que nos íbamos a calmar por
un largo tiempo. No era así .Estaba organizada en el
mayor secreto una huelga de hambre que se largaría en
tres etapas; la primera a partir de ese día 10 en Neuquen
(que se realizó), el día 12 entraría el
Servicio de Paz y Justicia (Pérez Esquivel) y el 13 las
6 Madres designadas, y una vez dado a publicidad esto se incorporarían
cuantas quisieran. El lugar era la sede del Servicio. El día
10 desisten de su propósito por razones confusas, el
pretexto que el comunicado inicial de Neuquén era muy
fuerte.
Es entonces que se toma la decisión que sólo conocían
Hebe y Nora, ir a la catedral de Quilmes..”
El registro de Adelina es un dato significativo de los cambios
acaecidos en la sociedad ya para fines de 1981. Es interesante
también tomar en cuenta la denominación que inicialmente
otorga al evento, se trata de una huelga de hambre y no de un
ayuno y su lugar sería la sede del Servicio de Paz y
Justicia, pero inesperadamente los planes cambian y una vez
más deben improvisar sobre la marcha. Es así como
Hebe de Bonafini y Nora Cortiñas reelaboran el plan ahora
sin ningún apoyo ni conocimiento por parte de otros organismos.
El 12 de diciembre de 1981 a las seis de la tarde quince personas
se reunieron en la plaza de Quilmes.
Pocas sabían exactamente los próximos pasos: seis
madres entrarían a la Catedral dispuestas a quedarse
anunciando un ayuno a través de un comunicado a la prensa
y al párroco que se lanzaría antes de la misa
de las 19 hs. “El proyecto debió hacerse tan secretamente
para evitar se abortara como había ocurrido con otros”.
Las seis madres eran : Hebe de Bonafini, Nora de Cortiñas,
Laureana de Rivelli, Nélida de Chidichimo, Adelina de
Alaye, Dora de Perez , quienes poco antes de la misa se hicieron
presentes en la catedral portando alguna almohada y los mínimos
enceres para poder permanecer allí.
La reacción del párroco a cargo fue lapidaria.
Amenazó con hacerlas sacar con la policía, mientras
que el resto de las madres que quedaron fuera del ayuno se dedicaban
a localizar a Monseñor Novak, entrada la noche pudieron
hacerlo y si bien mostró total desacuerdo con la actitud
de las Madres, prometió no hacerlas sacar por la fuerza,
ya que estas habían manifestado que sólo a la
rastra lograrían moverlas. Muros adentro y cerca de la
medianoche, se presentó ante las ayunantes el padre José
Andrés vicario de Paz y Justicia de la diócesis,
quien trató de persuadir a las Madres de que depusieran
su actitud si verdaderamente apreciaban al Obispo, ya que le
estaban acarreando un grave problema.
Si bien nunca las Madres habían obtenido aprobación
para llevar a cabo una acción semejante, en este caso
tanto Monseñor Novak, como Adolfo Pérez Esquivel,
encontraban el momento particularmente inoportuno ya que el
obispado estaba comprometido y en la mira del gobierno por su
participación en las tomas de tierras que organizadamente
llevaban a cabo por esos días miles de familias en Quilmes.
En la conversación las Madres adujeron que hacía
cinco años que le solicitaban este permiso al Obispo
y les era denegado y que tal vez este no era el momento social
o político, pero “sí era el momento religioso,
ya que en el tiempo de adviento de Jesús nos ofrece Fe,
Esperanza y Reconciliación.”
La persuasión no fue el único método utilizado
por la comunidad religiosa para sacar a las madres de allí.
El párroco Isidoro Psenda mantuvo su hostilidad inicial
y aprovechó cada misa para arengar sobre la presencia
de estas mujeres “que no se sabe qué es lo que
quieren” y que “mejor empiecen a rezar”. Les
fueron cerrados los sanitarios y, poco a poco, la comunicación
con el exterior, aunque sí entraron varias veces policías
de civil, exhibiendo armas, y servicios de inteligencia, uno
de ellos encubierto como periodista del diario Clarín
.
Al grupo de las seis Madres iniciales, se les sumó la
presencia del sacerdote de la Parroquia de Nueva Pompeya Antonio
Puigiané, también se incorporaron otras cuatro
Madres, pero, el párroco les advirtió que si se
incorporaban más definitivamente las expulsarían.
En el Consejo Diocesano de la Catedral, había posiciones
matizadas, desde quienes reconocieron la validez del reclamo
de las Madres, aunque no su forma, hasta quien ofreció
al Consejo la posibilidad de sacarlas sin responsabilidad para
nadie y terminar así con el problema. Esto último
fue interpretado por las ayunantes como una clara posibilidad
de seguir el destino de sus hijos.
Durante los días del ayuno, la Iglesia Católica
se expresó de manera multifacética a través
de sus hombres; el Obispo Novak, finalmente, jamás tomó
contacto directo con las Madres Ayunantes en su Catedral, su
emisario fue el padre José Andrés quien presionó
para que se retirasen argumentado su desacuerdo con la estrategia
y el momento elegidos. En la misma línea fueron presionadas
por Adolfo Pérez Esquivel, quien si bien tampoco se hizo
presente envió a su hijo Leonardo para instarlas a abandonar
la Catedral. El Párroco Isidoro Psenda fue quien a diario
estuvo en el templo celebrando las misas y otras actividades
y quien se mostró abiertamente hostil aprovechando cada
sermón para predisponer a la feligresía contra
las Madres y con un discurso alineado al sentido común
del gobierno militar. En contrapartida el padre Puigiané,
autorizado por Novak para acompañar a las Madres fue
para ellas un fuerte pilar espiritual. Por su parte las Madres
habían enviado telegramas explicando las razones de su
Ayuno al Papa, al Nuncio Apostólico y a la Conferencia
Episcopal.
La Junta de Comandantes y organismos internacionales de Derechos
Humanos también recibieron telegramas informando de los
propósitos del ayuno: en todos los casos se exigía
una respuesta al gobierno argentino respecto a la situación
de los desaparecidos y se insistía en la proximidad de
la Navidad como momento para que miles de familias pudieran
encontrar en esa respuesta la paz perdida desde la desaparición
de sus hijos.
Las fuertes restricciones al ingreso de periodistas a la Catedral,
no impidió que la noticia estuviera presente en páginas
interiores de medios nacionales como La Razón, La Nación
y Diario Popular, también fue recogida por el diario
El Día de La Plata y llamó particularmente la
atención del diario El Sol de Quilmes que lo mantuvo
en primera plana varios días.
De todos modos las Madres evaluaron la repercusión en
los medios locales como insuficiente a causa del cerco que las
separaba de la prensa. A nivel internacional las adhesiones
fueron múltiples desde diversas organizaciones. Una de
las demostraciones de apoyo más concretas fue la visita
realizada al ayuno por dirigentes de la Multipartidaria, pertenecientes
al Partido Demócrata Cristiano, la Confederación
y el Partido Socialista, el Peronismo Intransigente y el Partido
Intransigente; entre ellos estuvieron Néstor Vicente;
Augusto Conte; Nilda Garré, Ricardo Molina y Simón
Lázara.
El cansancio físico, las presiones y la falta de respuestas,
se sumaron a la falta de apoyo de la Diócesis de Quilmes
e hicieron que las Madres decidieran terminar con la medida
el 22 de diciembre a las 18 30 hs. Lo anunciaron en su noveno
comunicado del día 21: “Las Madres de Plaza de
Mayo seguras de que Dios que juzga con rectitud, ha tenido en
cuenta la sinceridad de nuestro esfuerzo y sabrá beneficiar
a nuestros hijos y a todos los “detenidos-desaparecidos”-
viendo la absoluta indiferencia, de las autoridades que someten
a nuestro país. La aparente decisión de la Jerarquía
Católica Argentina, de no acceder a nuestro pedido de
ayuda inmediata. Que la Iglesia de Quilmes, con profunda desilusión
de nuestra parte, ha dado más importancia a una transgresión
legal que a la hondura y urgencia de nuestro drama. Que la constante
agresión, del Párroco de la Catedral, Isidoro
Psenda y su Consejo Pastoral va creciendo y nos amenaza con
imprevisibles consecuencias(…) Sólo fue un esfuerzo
más en nuestro doloroso peregrinar de años…tras
una respuesta verdadera, que no llega. Dios hará justicia.”
El comunicado está escrito en manuscrita y lleva la firma
de Nora Cortiñas y Hebe de Bonafini. En él una
nueva decepción con la Iglesia es evidente, pero la fe,
parece ser aún un elemento central del discurso.
Tal como lo habían prometido el 22 de diciembre el ayuno
de Quilmes concluyó, en la plaza frente a la Catedral
más de trecientas personas las aguardaban. Entre abrazos
emocionados entonaron una canción que todas conocían:
“Unidos al Señor/No nos moverán/Como un
árbol plantado junto al río/No nos moverán/Unidos
a Jesús/Unidos Al Espíritu…/Unidos a María…/Unidos
a los pobres…/Unidos a las madres…/Unidos a los
chicos…/ Unidos como hermanos… /No nos moverán.”
La Primera Marcha de la Resistencia y el Ayuno de la Catedral
de Quilmes, son parte de un mismo y renovado impulso de las
Madres de Plazo de Mayo por conseguir hacer visibles y efectivos
sus reclamos por la aparición con vida de sus hijos.
Diciembre de 1981 marcó también una transición
compleja en cuanto a sus formas de lucha, a su repertorio discursivo
y a sus estrategias.
El mismo día que el ayuno concluía, Leopoldo Fortunato
Galtieri asumía la Presidencia de la Nación; este
hecho gravitó pesadamente sobre la suerte del ayuno;
muchos sectores de la dirigencia política e incluso de
los organismos de Derechos Humanos, evaluaron imprudente presionar
sobre el internamente debilitado gobierno del General Viola,
quien se había mostrado más dispuesto a dialogar
con los partidos políticos. Las Madres en cambio sabían
que en su intransigencia residía su única fuerza.
La guerra de Malvinas dejará lugar a un nuevo escenario
de transición hacia la democracia, donde la Madres encontrarán
nuevas estrategias y lenguajes en las que el tono religioso
parece eclipsarse. La fuerza e intransigencia de su lucha se
mantendrá inconmovible.